En noviembre de 2010 publiqué un texto con el título de “Amenazas de cazadores” donde relataba una situación real. Terminaba con esta frase: “Es la crónica de una ejecución anunciada”.

A pesar de las amenazas (algunas de muerte) y de las agresiones recibidas, la víctima de aquellos cazadores continúa viva trece años después, pero en todo este tiempo lejos de cesar tales actitudes y los motivos que las originaban, que ya venían de atrás, han seguido teniendo lugar las conductas agresivas por parte de los escopeteros y su limpiarse las chirucas con la Ley a la hora de hacer lo que tanto les divierte: disparar a animales, sólo que ahora, a todo eso y al menos en esta ocasión, se suma un comportamiento por parte de miembros las Fuerzas de Seguridad calificable como poco de escasamente profesional.

Julio F., dueño de varias fincas en un Concello de Ourense que están segregadas del Tecor (Terreno cinegéticamente ordenado) “San Trocado e Cidades” mediante una Resolución emitida por la Consellería de Medio Ambiente de A Xunta de Galicia el 21 de marzo de 2006, lleva desde entonces teniendo que ver y soportar cómo los cazadores se meten con sus perros a cazar en sus terrenos aunque esté prohibido, además de arrancarle una y otra vez los carteles que indican que que aquellas fincas están legalmente declaradas como “Refugio de Fauna” o dispararle a los más altos. La actitud de éstos cuando les ha recordado que no podían cazar allí ha sido frecuentemente, y según ya contaba en aquel texto, soltarle frases como «Lárgate de aquí, no molestes que ya te conocemos y vas a acabar mal», «Cazo donde me sale de los cojo…», «Ya te dije el año pasado que un día te voy a matar» o, aludiendo a otros cazadores que en aquel entonces tuvieron que indemnizar a este hombre por haberle propinado una paliza en una situación similar, advertirle así: «Yo no te voy a pagar. Yo voy a tu casa, te mato y te tiro en una esquina».

El 2 de octubre de 2022, igual que llevan haciendo desde mucho tiempo atrás de forma descarada e impune los miembros de Tecor “San Trocado e Cidades” a pesar de su ilegalidad y estar penado el incumplimiento con sanción grave, se encontraban cazando en una de las fincas reconocidas como “Refugio de Fauna” propiedad de Julio. Por cierto, que también ocupaban una carretera pegada a esa parcela, y aunque eso no está prohibido en Galicia porque desde 2013 en dicha Comunidad se permite la caza en carreteras públicas asfaltadas que no estén expresamente señalizadas como tales, algo realmente demencial, conviene apuntar que aquella medida modificó la normativa anterior que no lo autorizaba, y que O Valedor do Pobo de Galicia, el equivalente al Defensor del Pueblo, lleva años recomendando que no se permita por el peligro que conlleva, una indicación que A Xunta sigue burlando.

Pero volvamos a esa mañana: Julio, al ver lo que estaba pasando, detuvo su coche en la carretera pegada al Refugio y le dijo al cazador que se encontró armado junto a la entrada de su finca que lo que estaba haciendo era ilegal, avisando de forma inmediata a la Guardia Civil y quedándose allí a esperarla. A los segundos de bajarse de su vehículo observó (está grabado) como uno de los perros de caza salía del “Refugio de Fauna”. El cazador llamó a otros participantes para suspender la batida, decirles que se reuniesen en ese lugar y comunicarles que iban a denunciar a Julio. Desde el primer momento se sucedieron las acusaciones falsas por parte de los escopeteros (minutos 0:43,1:50, 10:50), los insultos y comentarios despectivos hacia él (minuto 10:08) e incluso a su mujer (minuto 13:25), todo ello con una actitud chulesca en la que queda patente el carácter pendenciero y provocador de esta gente. Y algo especialmente grave: uno de los cazadores, precisamente el responsable de la batida, mantuvo hasta un rato antes de la llegada de los efectivos de la Guardia Civil su arma cargada estando Julio a su lado (minuto 7:37).

Durante esos minutos, largos porque tardaron en aparecer, Julio estaba grabando con el móvil al igual que hacían cazadores, por lo tanto, los hechos no se pueden considerar un enfrentamiento de versiones contrapuestas de lo ocurrido. Vídeo y documentación los convierten en una realidad única y demostrable.

Transcribo a continuación un párrafo extraído del relato escrito por el propio Julio en su blog, ya que resume perfectamente la situación:

«Después de 17 años viendo como los cazadores pisotean nuestros derechos, los refugios de fauna, la falta de vigilancia y protección a la normativa, la “desaparición” de las denuncias y pruebas que enviamos a Medio Ambiente, incluso de falsificación de “Censos de Fauna”, el robo de señalización, los disparos a los letreros que colocamos en lo alto para evitar su sustracción, etc., ahora parece que pretenden que tampoco denunciemos los abusos de los escopeteros y que les regalemos nuestras fincas, los derechos de propiedad sobre ellas y, en caso de que protestemos reclamando que los guardias impongan la ley y protejan nuestros derechos, seamos nosotros los sancionados».

Todos sabemos cómo son los cazadores, tan capaces de asegurar que cazar no es matar a pesar de las fotografías que se hacen con los cadáveres de sus “trofeos”, como de jurar que aman a sus perros aunque la experiencia constate las cifras abrumadoras de los que son maltratados, abandonados o liquidados por inservibles en ese mundo de plomo y sangre. También somos conocedores de sus frecuentes “accidentes” con el resultado de humanos heridos o muertos consecuencia de su prisa por hacerse con una pieza más o por utilizar armas bajo condiciones físicas o psíquicas mermadas o en lugares no autorizados, y cuando el tiroteado no es uno de ellos (la mayor parte de las veces lo es), alegan que la culpa fue de la víctima por estar allí ya que «El monte es suyo porque lo pagan». Parece que pàra ellos ese posesivo incluye las fincas de Julio legalmente segregadas de los cotos.

Pero lo que deja estupefacto antes de dar paso a la indignación es que miembros de la Guardia Civil muestren una actitud tan poco profesional, se nieguen a revisar las pruebas que Julio les pone delante (minuto 17:00) e incluso hagan comentarios totalmente fuera de lugar cuando una persona solicita su presencia para una intervención. Comentarios realizados por parte de la agente a Julio tales como “Ellos no vienen aquí por gusto, vienen a ejercer el deporte, que es un deporte, de la caza», “Usted nos ha llamado, yo le digo para qué nos ha llamado, para que los eche de aquí, y no lo voy a hacer porque tienen permiso”. Para cazar seguramente, ¿pero para hacerlo en un Refugio de Fauna también? Eso es algo en lo que ella no quiere entrar en ningún momento, ni cuando Julio le pide que lo haga constar en su informe. De esto, y aunque por supuesto se haya preservado su identidad cortando y silenciando partes en el vídeo público, hay pruebas en la grabación.

El caso es que lejos de incoar un expediente sancionador contra los cazadores por estar cazando donde lo tienen prohibido, lo abren contra Julio bajo la acusación de entorpecer la batida. La situación es surrealista y Julio ha presentado alegaciones contra el expediente sancionador, pero es que además merece una seria investigación sobre el comportamiento no ya sólo de los escopeteros por incumplir de forma reiterada la Resolución dictada por A Xunta sobre los Refugios de Fauna violando la Ley de Caza de Galicia en su art. 33.2: «En estas áreas (Refugios de Fauna) la caza estará permanentemente prohibida», así como en el art. 63.11: «Cuando los/las cazadores/as se encuentren a menos de 50 metros de personas ajenas a la cacería, han de descargar sus armas» (recordemos ese arma cargada en presencia de no cazadores), sino también sobre el de los números de la Guardia Civil en esta ocasión, porque analizando el testimonio gráfico parecen estar menoscabándose derechos de un ciudadano al negarse a ver en ese momento la documentación que les aporta así como no comprobar que, efectivamente, hay allí carteles que dejan claro que en esa finca no se puede cazar. A la vista de su intervención en el lugar de los hechos y de la actuación posterior, me atrevería a decir que su actuación no pareció muy digna del uniforme que llevaban. Apuntar que no pertenecían al SEPRONA.

Empleas tiempo y dinero en segregar legalmente tus fincas de terrenos de caza. A pesar de eso compruebas como año tras año los escopeteros desobedecen esa Orden pegando tiros en ellas. Y cuando avisas a la Guardia Civil para que levanten acta de tal infracción te encuentras con que el único culpable eres tú porque han cursado su denuncia atendiendo solamente a las declaraciones del responsable de la batida de caza y obviando las pruebas que les proporciona el verdadero perjudicado. ¿Cómo puede extrañar, ante hechos así, que los cazadores se crean tan impunes y actúen con tanta frecuencia y descaro de acuerdo a su sensación (justificada) de que ellos están por encima de la Ley?

Todo esto está pasando en la Galicia rural. Hace más de dos décadas que tengo relación con Julio. No nos hizo coincidir en un primer momento la lucha por lo derechos de los animales (él lleva desde hace muchos años en el activismo en primera línea jugándose el tipo) sino otra actividad. He estado en su casa, he acudido con él a campeonatos de matanzas de zorros y nos hemos mezclado con los cazadores haciéndonos pasar por periodistas locales. Sé de sus profundos conocimientos sobre todo esto, sé que lo lleva soportando durante tantos años, sé de la valentía y soledad de su lucha en un paisaje precioso, sí, pero amenazante y agresivo por parte de quienes lo consideran su feudo de exterminios, y todo esto hace que no pueda evitar recordar la historia real recreada en la película de As Bestas: el acoso, las amenazas, la indefensión, el saberse solo en un entorno hostil con él, el desamparo por parte de las autoridades y, al fin, el asesinato de Martin Verfordern en un rincón perdido de Galicia llamado Santoalla. Cierto que Julio sigue vivo. Con Martin, que grabó varios de aquellos enfrentamientos, tardaron cerca de tres años en cumplir sus amenazas, como aquella que le había hecho quien tiempo después le asesinó: «Ya estás gordo para matarte. Voy a por ti». Lo que le pasó a aquel holandés afincado en una aldea también de Ourense antes de que le pegaran un tiro con una escopeta de caza fue esa última frase de mi texto de 2010: la crónica de una ejecución anunciada. A Julio, durante estos años, ya le han agredido, golpeado con la culata de sus escopetas y encañonado, además de advertirle que se lo van a llevar por delante.

Sirvan estas líneas para que a nadie con sentido de la Justicia le dejen indiferente, para ponerse en el lugar de Julio, entender lo que tantos años lleva padeciendo y comprender que este no es un caso aislado, y para denunciar unos hechos que crean sensación de desprotección en los ciudadanos, además de falta de confianza en ciertas actuaciones de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Vídeo:

Texto de: Julio Ortega Fraile

Autor del libro La Mirada de los Otros y coautor Palabras para un Toro sin Voz

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