La caza empezó hace 279.000 años, cerca de un gran lago en el centro del valle del Rift, en Etiopía. Sobrevivir a un mundo hostil empujó a los primeros humanos a salir de caza. Hoy es el mundo el que intenta sobrevivir a la hostilidad de los cazadores, al impacto y la destrucción que dejan tras de sí. La historia ha dado la vuelta a la propia historia y a sus protagonistas. Los que intentaban sobrevivir son ahora los que destruyen. Y como en la peor novela negra o la peor historia de terror, son capaces hasta de justificar la muerte accidental de los más inocentes. El pasado mes de enero, un niño de cuatro años fue confundido en la maleza con un animal, recibiendo un disparo mortal.
El cazador fue puesto en libertad condicional. En cualquier país esto hubiera significado un punto y aparte. Un debate en los medios de comunicación, en los partidos políticos, en las instituciones que velan por la infancia, entre los cazadores, pero no, no ha sido así. Nos encontramos con uno de los colectivos de este país más depravado emocionalmente. Incapaces de entender más allá de la muerte. Porque la muerte y sólo la muerte es el lenguaje que hablan, el lenguaje en el que disparan. Mejor dicho, en el que NOS DISPARAN. Porque la destrucción que dejan va más allá de la temporada de caza. Más allá de los animales que matan, más allá de los perros que abandonan o matan también.
La caza ha roto el equilibrio ecológico de nuestra fauna. La caza mata nuestros ecosistemas. Elimina a las especies para introducir otras, según les conviene. Más de 270 especies se han extinguido. Se estima en 300 millones de cartuchos los que se disparan cada temporada. Más de 5000 toneladas de plomo queda en el campo, en los montes, en la tierra que con la lluvia se arrastra hasta los ríos, provocando a su vez la muerte de miles de aves acuáticas. 

La caza es sin ninguna duda nuestro pasaporte a la prehistoria. Los cazadores son cementerios ambulantes. Cada uno de los dedos que aprieta para matar los convierte en pleno siglo XXI en furtivos del mundo. Perseguir, disparar y matar en el 2019 es algo injustificable. Es delincuencia ética y medioambiental. Es la derrota de la evolución en estado puro. 

Y aunque sea difícil denunciar una y otra vez las consecuencias que la caza deja, en lo que significa, no dejaremos de hacerlo. Porque somos habitantes de un mundo que necesita sobrevivir a quienes tienen las manos manchadas de sangre y de prehistoria. 

Decir No a la Caza es decir Sí a la Vida y Sí al siglo XXI.
Decir No a la Caza es velar por la supervivencia de un Mundo en declive, un mundo en continua destrucción.

Performance No A la Caza 2019
Texto: Marta Navarro García
Voz: Albino Hernández Herranz
Montaje vídeo: Ariel Heredia Pacheco

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